La infancia y la cultura escrita

jueves, 12 de septiembre de 2013




La infancia y la cultura escrita, de Lucía Martínez Moctezuma (coordinadora)

En los últimos años la historia cultural ha tomado gran impulso, probablemente como respuesta a la supuesta crisis de la historia que en 1992 lanzó Francis Fukuyama. En su provocativo libro, el autor manifestaba su pesimismo por el futuro de la historia. Sin embargo, este malestar no era una novedad, pues desde cuatro años antes dos revistas de diferente tradición alertaban sobre la situación.

En 1998, la revista Annales afirmaba que era “tiempo de incertidumbre… los paradigmas dominantes que se buscaban en el marxismo, el estructuralismo o la cuantificación han perdido su capacidad estructurante”. Un año despuñes, D. Harlan sostenía en la editorial de la revista American Historical Review que “el regreso de la literatura ha sumergido a los estudios históricos en una extendida crisis epistemológica”.

La paradoja, sin embargo, era que la vitalidad en la edición de obras históricas no reflejaba dicha crisis que parecía tener sus causas en la desaparición de modelos de comprensión comúnmente aceptados por los historiadores.

La llamada historia conquistadora reposaba sobre dos proyectos: la historia estructuralista y la cuantitativa. Esta forma de hacer historia era la que vivía una crisis. La respuesta a las inquietudes de Marc Bloch (“no hay historia económica y social, hay historia”) y a la totalización pronto se enfrentaron a serios obstáculos. El análisis de la totalidad social, por su globalidad, es una operación intelectual difícil: todo se juega en las modalidades de su puesta en práctica. En Francia, esta puesta en práctica fue del todo a las partes; descomposición del tiempo, del espacio y de los dominios de la realidad humana. El conocimiento del todo partía del conocimiento de las partes. Esto explica el predominio de la monografía local durante veinte años basada en la creencia epistemológica de que el saber global progresa por acumulación de conocimientos locales. Sin embargo, el proyecto no se logra, porque lo general no se consigue con análisis precedentes sino con otros métodos, otras escalas y otros indicadores.

Con este procedimiento, lo local y lo global no se comunicaban. La posibilidad de salir de la crisis se encontraba en la búsqueda de nuevos objetos, de nuevos diálogos con otras ciencias sociales y de nuevas prácticas como la microhistoria, la historia narrativa, la nueva historia política, la historia medioambiental y la historia cultural, entre otras.

En cuanto a la historia cultural, para su desarrollo fueron decisivos los años de 1958 a 1963, cuando se crearon varias direcciones de estudios, antes dominadas por la historia de las economías y de las sociedades. Estos programas introdujeron diversas categorías como la historia de las mentalidades, la psicología colectiva, la historia social de la cultura y una nueva perspectiva del trabajo histórico centrada sobre todo en una aproximación de los fenómenos culturales bajo el empleo reiterado del término ‘sociología’. Los primeros resultados se tuvieron entre 1962 y 1965, con la publicación de Livre et société dans la France du XVIIIe siècle, primer ejemplo de una historia de la cultura apoyada en métodos de cuantificación.

El decenio de los ochenta fue fiel a la herencia de la historia de las mentalidades. Educación y cultura en la época moderna, de Roger Chartier, Jacques Revel y Dominique Julia, dio a conocer los resultados de una encuesta serial y comparada consagrada a la población universitaria de la Europa moderna donde se reevaluó y se discutió sobre nociones clásicas de los estudios de historia cultural: cultura popular, consumo cultural, jerarquías socioculturales.

Así pues, la historia cultural estaba presente en la llamada historia de las mentalidades, que a falta de una definición precisa, pronto se convirtió en una historia de las representaciones. El hilo conductor, en estas prácticas, fue el interés por estudiar el utillaje mental y a través de él, reconstruir cómo una sociedad humana percibe el mundo que la rodea y cómo lo representa. Estas discusiones dieron pie a una serie de investigaciones que desembocaron en la llamada historia cultural alejada del marxismo y que tendría por lo menos tres características: ser social, puesto que se interesa por lo que diferencia a un grupo de otro; ser un factor de identidad puesto que toda cultura es de grupo, donde la cultura es mediación entre los individuos que lo componen, lo cual establece entre ellos comunicación y comunidad, y finalmente, ser un elemento explicativo de la evolución para alejarse de la antropología retrospectiva y convertirse en una historia que explique, por ejemplo, la introducción del carácter mixto de los establecimientos escolares.

En el decenio de los ochenta, el Servicio de Historia de la Educación del Instituto Nacional de Investigaciones Pedagógicas de Francia exploró dos nuevos ejes de investigación que ofrecía la historia de la enseñanza primaria: la constitución de las disciplinas escolares y la historia social de los maestros.

Este proyecto intentaba encontrar una respuesta al carácter nacional que adoptaron las disciplinas como la historia, la gramática o el cálculo, sin perder de vista su preocupación psicopedagógica, su utilidad pública, el peso de los grupos de presión, su función dentro de los programas y de los horarios, sus métodos pedagógicos y su oposición frente a las innovaciones, las tasas de éxito en problemas de matemáticas o de faltas ortográficas, los textos escolares destinados a la enseñanza en Francia, su contenido, la difusión de los manuales escolares, nacionales o locales, su tiraje, su aprobación por las comisiones nacionales o departamentales, sus compras en las escuelas, la identidad de sus autores, su nivel de enseñanza, su pertenencia al gremio, su uso como soporte pedagógico, su relación con otros libros que se usaban en clase como las ediciones adaptadas de textos clásicos, libros no escolares que se usaban dentro de la clase, libros de bibliotecas escolares o libros premiados.

Estas vetas de investigación dieron prioridad al estudio del funcionamiento real de la escuela y de su práctica cotidiana, alejada de los grandes acontecimientos, que guardó además el espíritu de numerosos principios de diferencia en las realidades educativas entre niños y niñas, entre hijos del pueblo y burgueses, entre la ciudad y el campo. Fue decisivo el uso de fuentes originales como los trabajos de los alumnos, los reportes de inspección, los textos oficiales, las revistas pedagógicas, los manuales escolares, los catálogos de editores y los inventarios de bibliotecas escolares además del conocimiento de los bienes y las hipotecas de los profesores a su muerte.

Antonio Novoa (1997) ha subrayado las principales orientaciones del giro historiográfico americano en el campo de la historia de la educación que bien puede aproximarse a la de los medios académicos europeos y americanos: el interés hacia los actores, el retorno al sujeto y lo relativo a las identidades de género; la evolución hacia el estudio de la escuela; la marcha hacia una historia cultural que busca construir una cultura de la escuela, vista desde la historia del currículum, de los textos, de las disciplinas y de los modos de enseñanza; el paso de las ideas a los discursos y al conocimiento de los procesos y contextos de producción, difusión y apropiación de estos; el estudio de las políticas en sus relaciones con el poder y la sociedad y la orientación hacia una historia comparada que iría de lo nacional a lo local y que conjugaría el estudio de las identidades con marcos más universales.

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Índice


Presentación


Primera parte. Problemas generales

La historiografía de la educación en México a finales del siglo XX
por Luz Elena Galván Lafarga

Pertinencia de una ciencia social histórica
por Emilio Tenti Fanfani

Acerca de una antropología social e histórica: una mirada desde la antropología de la educación
por María Rosa Neufeld

Insertando la categoría de género en el análisis de la historia de la educación en el siglo XX
por Mary Kay Vaughan


Segunda parte. Las edades: la infancia

La infancia, la adolescencia, la juventud: para una economía política de las edades desde la época moderna
por Pierre Caspard

La infancia como sujeto y como objeto historiográfico
por Angelo Semeraro

Infancia, familia y escuela en el estado de México a finales del siglo XIX
por Antonio Padilla Arrollo y Carlos Escalante Fernández


Tercera parte. La cultura escrita

La enseñanza de la lectura: un enfoque histórico
por Anne-Marie Chartier

Los discursos sobre la lectura en la España del siglo XIX y primeros años del XX
por Antonio Viñao Frago

Educación elemental, escuelas y demandas cotidianas: Alemania noroccidental en 1800
por Andrea Hofmeister, Reiner Prass y Norbert Winnige

Los niños, la enseñanza de la lectura y sus libros. Guadalajara, 1790-1821
por Carmen Castañeda

Literatura infantil y de jóvenes en el siglo XIX
por Anne Staples

Del museo a la escuela: la escenografía elemental de la historia de Francia
por Yves Gaulupeau

Miradas porfiristas: Sierra, Lavisse y la innovación pedagógica
por Lucía Martínez Moctezuma

El espacio de la urbanidad y del manual de urbanidad en el currículum
Jean-Louis Guereña


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La infancia y la cultura escrita
Lucía Martínez Moctezuma (coordinadora)
UAEM/Siglo XXI, Cuernavaca/México DF, 2001, 456 páginas
ISBN: 968-23-2341-X
$125

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